Mundo cero

“¿Por dónde empezar? Se ha escrito tanto sobre la Masacre de Pangbourne, como actualmente se conoce en la prensa popular de todo el mundo, que me es difícil ver este trágico acontecimiento con claridad.” El acontecimiento al que se refiere el consejero psiquiátrico Richard Greville es la carnicería ocurrida entre las ocho y las nueve de la mañana del sábado 25 de junio de 1988 en la Aldea Pangbourne, al oeste de Londres: una finca exclusiva, o mejor, una suerte de laboratorio de la dicha familiar que “a su manera, elegante y civilizada, era la escena del crimen aguardando el asesinato”. El saldo: treinta y dos adultos aniquilados en un despliegue de salvajismo insólito y trece menores desaparecidos. Conforme avanzan sus pesquisas, Greville se acerca a una conclusión que no por obvia deja de estremecer: los muchachos, cuyas edades fluctúan entre los ocho y los diecisiete años, liquidaron a sus padres, a los empleados domésticos y a dos guardias de seguridad para luego emprender la fuga con la idea de integrar una brigada similar a Baader-Meinhof, el grupo de terroristas alemanes. Son, leemos en Locura desenfrenada (1988), nouvelle visionaria al igual que el resto de la producción de J. G. Ballard, “los hijos de la venganza, [enviados] a desafiar el [ámbito] que los amó”, que “se rebelaron contra un despotismo de bondad […] una tiranía de amor y atención”: mentes jóvenes que “se obligaban a llegar a la locura como un medio para encontrar la libertad”. Son, en suma, los diseñadores y habitantes “profundamente desensibilizados” de un mundo cero —hallazgo ballardiano— que se rige por códigos ajenos al orden colectivo.
El martes 20 de abril de 1999, casi once años después de la matanza ficticia en la Aldea Pangbourne, la realidad —como en otras ocasiones— le dará la razón a Ballard. Visualicemos la nueva escena del crimen que aguarda el asesinato: la típica preparatoria de un pueblo estadunidense llamado Littleton, ubicado a una letra de distancia del little town que representa. Un reloj destella con la hora justa: las once y cuarto de la mañana. El primero de los puntos de vista que irán mezclándose hasta crear un pandemónium es el de Denny, un alumno de quince años que desde una loma ve que dos compañeros suyos se aproximan a la cafetería de la preparatoria, ataviados con gafas y gabardinas oscuras. (No en balde se dicen miembros de la Mafia de la Gabardina.) Vemos entonces que uno de ellos se quita el impermeable, descubriendo una serie de objetos que hacen pensar en granadas, mientras el otro enciende una ristra de petardos que arroja hacia la entrada de la escuela. Denny ve que el primero extrae un rifle semiautomático con el que apunta a Rachel, una amiga de diecisiete años, para luego dispararle en la cabeza: un tiro que fractura la fachada matinal. Al principio todo se antoja una broma macabra, parte de uno de los violentos videos que la Mafia de la Gabardina suele grabar y exhibir a un público selecto. El siguiente punto de vista es el de Daniel, otro alumno de quince años que está de pie en el umbral de la cafetería. Vemos que un primer disparo le revienta en un muslo; lo vemos trastabillar e intentar huir, hasta que uno de los jóvenes de impermeable lo acribilla por la espalda. Vemos después que el asesino voltea hacia donde Denny está sentado con sus amigos, dos de los cuales son alcanzados por las balas: uno en la rodilla, otro en el tórax.
Corte al interior de la cafetería en la que cerca de quinientos alumnos escuchan el grito de alarma de Dave, uno de los maestros más populares, que funge también como entrenador de basquetbol:
—¡Están armados, agáchense!
Corte a una serie de close ups de rostros que expresan desconcierto, incredulidad, miedo; hay bocas que dejan de masticar, brazos y piernas que se agitan con desesperación, mesas y sillas convertidas en parapetos improvisados. Corte a los asesinos que entran en la cafetería, disparando y arrojando bombas caseras por doquier, para luego desvanecerse entre el humo. Intercortes de la confusión en la cafetería: muebles que caen, pies que tropiezan, alaridos. Corte al maestro que corre al piso superior para alertar al resto de los estudiantes y se topa con los asesinos, que le disparan en el pecho; la herida, sin embargo, no le impide arrastrarse hasta el salón donde se refugian algunos jóvenes que en vano tratarán de contener la hemorragia con sus camisas. Vemos, en otra ráfaga de intercortes, diversas estampas del caos que se ha adueñado de la preparatoria: un letrero que reza “Auxilio me desangro” en un ventanal que da a la calle; Patrick, un alumno de diecisiete años, que colgará de una ventana del segundo piso con dos balazos en la cabeza hasta ser rescatado; Isaiah, un atleta de dieciocho, que recibe tres disparos en la cara mientras uno de los asesinos ríe y dice: “Siempre quise saber cómo eran los sesos de un negro”; aulas, clósets y otros escondrijos vueltos habitaciones del pánico; dedos que pulsan botones de celulares. Vemos, al cabo de una eternidad poblada de teléfonos que repican y sirenas que aúllan, a comandos policiacos que luego de titubear y vencer el temor a una emboscada irrumpen en la preparatoria y suben a la biblioteca, donde encontrarán los cuerpos de varios jóvenes, incluyendo los de los homicidas: Dylan Klebold y Eric Harris, de diecisiete y dieciocho años, que se han inmolado. Vemos después a un vocero de la policía que anuncia el saldo de la masacre: un profesor y doce alumnos muertos y veintitrés heridos, cuatro de gravedad.
En Bowling for Columbine (2002), el documental que le granjeó un Oscar, Michael Moore añade a este conteo los novecientos cartuchos invertidos en el ataque. (“La escuela está siendo atacada”, dijo una de las tantas voces que telefoneó a la oficina del sheriff del condado de Jefferson, Colorado. El enemigo, irónicamente, no venía del exterior sino del interior del American dream trocado en pesadilla global. Una hora antes de la carnicería en Columbine High School, el gobierno estadunidense había lanzado el bombardeo más feroz de la guerra de Kosovo: veintidós misiles que afectaron sobre todo la zona residencial de Bogutovac, pueblo cercano a Kraljevo.) Pero la investigación de Moore da en otros blancos: buena parte de las balas que se dispararon fue adquirida en un Kmart local; en su diario, Eric Harris detalló un plan que Al Qaeda duplicaría la mañana —siempre la mañana— del 11 de septiembre de 2001: secuestrar un avión para estrellarlo en Nueva York. Entrevistado por el cineasta, Evan McCollum, jefe de relaciones públicas de Lockheed Martin, empresa líder en el ramo armamentista, anota: “Tres de nuestras principales instalaciones están en o cerca de Littleton. Tenemos más de cinco mil empleados. Muchos viven en el pueblo y tienen hijos que asisten a Columbine High School.” Se puede decir, abunda el gerente, que lo que sucedió en la preparatoria es un microcosmos de lo que sucede en todos lados; la ira, afirma, fue el motor de la matanza. Más que un microcosmos, contestaría J. G. Ballard, un mundo cero; más que la ira, la profunda desensibilización que campea —eso sí— por doquier, y que en Locura desenfrenada lleva al escritor a concluir: “En una sociedad totalmente cuerda, la locura constituye la única libertad.”
A más de una década de la masacre, aunque mucha agua —y mucha sangre— ha pasado bajo el puente de la memoria colectiva, las dudas no se han diluido. Al hablar de Elephant, melancólico trasunto de Columbine filmado en 2003, Gus Van Sant declaró: “El filme se llama así porque no hay explicación [a una tragedia como la de Littleton]. Para cinco ciegos, un elefante es distintas cosas: para uno es una pared; para otro, una soga; para otro, un árbol; para el cuarto, una serpiente… Es una pregunta sin respuesta.” Un enigma que Ballard ilustra con una frase perturbadora: “Para que ocurran estos homicidios, las muertes de [las] víctimas no deben tener significado.” Un acertijo cuya efigie aparece colgada en el cuarto de uno de los asesinos de Van Sant: un paquidermo, mascota ideal del mundo cero.
!--EndFragment-->
